Formación Permanente: llave maestra de la productividad y la competitividad

Por Lourdes Ferrando. Consultora del curso Formación de Formadores en la empresa.

Hace unas décadas probablemente era impensable citar como funciones elementales de una empresa la formación de sus trabajadores. Y es que, cuando un trabajador comenzaba en una empresa, se presuponía que contaba con aprendizajes adquiridos en los niveles educativos que le permitían el acceso al empleo.

Sin embargo, en la actualidad, los entornos productivos requieren profesionales cada vez más polivalentes, preparados y con disposición positiva a nuevos retos y funciones dentro de su propio puesto de trabajo.

Así son cada vez más las organizaciones que empiezan a apostar por la formación de su equipo humano. Invertir en recursos humanos, para muchas entidades, ya es una estrategia clave para adaptarse a los nuevos retos que van surgiendo en la sociedad. La decisiva importancia que las empresas le den a la formación condicionará, sin duda, a una apuesta real por la capacitación de los trabajadores.

La manera de entender la formación dentro del marco político empresarial o, dicho en otras palabras, considerar la formación como gasto o inversión marcará en gran medida  las decisiones de las organizaciones en materia de desarrollo de los recursos humanos. Por lo tanto, la importancia que le den las empresas a la formación del personal incidirá positiva o negativamente en la consecución de sus objetivos empresariales.

Ahora bien, trabajar para que el tiempo, los recursos, los contenidos y los objetivos estratégicos que se persiguen puedan cumplirse exitosamente, es igual a afirmar que un proceso formativo no debe dejarse librado al azar, hay que planificarlo teniendo en cuenta diversos elementos.

La planificación de la formación implica, de forma prioritaria, identificar las necesidades en relación con las capacidades y potencial humano, y dar respuesta a través de la ejecución de las oportunas acciones formativas, por lo que es fundamental realizar una identificación precisa de las metas globales que se desean alcanzar.

Independientemente de los perfiles laborales del alumno, es menester que, como formadores, identifiquemos los intereses educativos reales. Esto nos “obliga” a conocer el puesto de trabajo, saber qué competencias y cualificaciones profesionales implican, además de conocer las funciones que se desarrollan en ese puesto de trabajo. Cuanto mayor conocimiento del puesto, mayor posibilidad de adecuar los distintos elementos de la programación didáctica a las expectativas formativas del alumnado.

La polivalencia, la flexibilidad, la creatividad, la motivación, la capacidad de trabajar en equipo, la de resolver problemas eficaz y eficientemente, junto con los conocimientos específicos del puesto de trabajo, son aspectos cada vez valorados en los entornos laborales.

Transmitir la cultura empresarial, disponer de capital humano capacitado, alcanzar mayor nivel de productividad y rentabilidad para ser más competitivas, conlleva que cada vez más empresas consideren la formación como la llave maestra para obtener beneficios.